sábado, 5 de enero de 2008

Los ojos de viaje

Me encanta tomar el tren. Aunque no vaya lejos. Es como un mundo dentro del mundo, un momento entrañable donde no hay nada más que hacer que dejarse llevar. Durante los viajes, cambia la manera que miro las cosas. Los ojos están más abiertos, cada cosa supone un estímulo, una pregunta.
Esta viejita quebrada, plegada en dos, tendiendo la ropa en su jardín que acabamos de pasar en un instante, ¿cómo sigue para ella la película?¿dónde están sus hijos, sus nietos, quién come con ella?¿ ¿Tiene alguien más que el perro que dormía delante de la casa? Y esta chica al final del vagón, tan guapa, perfecta, laqueada con aire altivo ¿no hay algo triste en su mirada? ¿tendrá también rasguños al alma, bajo el aspecto liso de su físico? Me invento vidas a veces, o solo hago de detective observando alrededor mío, hurgando en los huecos de la banalidad para encontrar lo chistoso, lo poético, lo humano.
También me invento mi vida cuando me da por ahí. El tren se ha convertido en mi lugar de predilección para formular buenos propósitos. Cuanto más dura el trayecto, mayores los propósitos y más rienda suelta le doy a la Bovary que llevo dentro (Emma Bovary es un personaje de Flaubert, siglo diecinueve, que... bueno.... pues la tía se aburre mortalmente como buena esposa de notable de provincia, entonces se imagina ahí mogollón de historias...adulteras de preferencia. Todo un mito en Francia, tendría que volver a leer el libro, esta manía de hacerte leer de adolescentes clasicazos de esos te asusta de la literatura) bueno total, que me monto mis peliculitas mecida por el zumbido del tren “ahora que he vuelto, iré a la piscina una vez a la semana, dejaré de comerme las pielecitas de los dedos, llamaré a mis padres al menos una vez a la semana....” lista interminable que barajo serenamente con cierta autosatisfacción (como si ya estuviera cumpliendo) al ritmo de las sacudidas regulares del convoy. Porque ahí todo fluye más fácilmente, y realmente creo que todo va a ir así de redondo. Con un espacio sin referente, con un tiempo que no es temporal.
Y entonces ¡fallo del programa! en algún momento hay que salir del tren, coger la realidad por donde se pueda, y vivir. ¿Soy menos dotada en eso? Los buenos propósitos se van agrietando, el circo diario y la masa humana de la ciudad alrededor mío machaca la disponibilidad de mi mente, me hace ignorar hasta mis vecinos...Mi chispa se ablandece como petardo empapado en un baño de rutina. Me resigno, la vida no es el sueño de los trenes, el espacio tiene como referente donde estoy, y el tiempo,... pues las 24 horas siempre se quedan cortas.
Pero me di cuenta que puedo intentar guardar los ojos de viaje puestos lo más posible. No los de la Bovary, más bien los del detective. Para que no me ahogue la rutina. Para que no sean los días casillas de calendario, unas tras de otras, pasando iguales y automáticas mientras la sociedad repite en voz de fondo “Trabaja, consume, diviértete! Trabaja, consume, diviértete! ” ... yo voy contando el número de mis pecas cada vez mayor, y mis arruguitas, sumando años y de repente digo: no quiero que mi vida sea una jaula mecánica, una programación loca, Momo, ¿dónde estás? Quiero recuperar mi tiempo. (El cuento de Momo, de Michael Ende, es buenísimo, para mi la mejor metáfora del capitalismo, si no lo conoces te lo recomiendo).
Total. Andando por mi mente durante tal viaje, o tal vez durante otro más psicoáctivo, me di cuenta que por eso, los ojos de viaje son buenos. No puedo explicar porqué, pero siento que es así. Son como gafas de colores que hacen ver todo como si fuera la primera vez que lo vieras. Sin el tedio de la costumbre, sin el letargo mental que supone conocer, o pensar que conoces. Hace que no me harte tanto.
Siempre acabo perdiendo estos ojos de vista, por lo que debo viajar a menudo. Aunque los lleve dentro, no es de más ir a buscarlos de vez en cuando. Últimamente para que no me salga tan caro, los busco en la playa, andando. El ruido de las olas reemplaza el del tren. Donde vienen acabar las olas, cuando se retiran, la arena saturada de agua refleja el cielo y parece templada en metal.
Un propósito para el 2008... nutrir la vida. ¡Ole!

Reflexión sarcástica de relectura: me ha salido un post muy Jorge Bucay, hoy.